La ignorancia no es un argumento legal
February 11, 2026
Por Josh Alballero
Yo viéndote decir que “no hay ilegales” mientras exiges leyes para todo lo demás.
Te observo en lo cotidiano.
En lo simple.
En lo que no cuestionas.
Haces fila.
Presentas documentos.
Aceptas reglas.
Cumples horarios.
Firmas contratos que no leíste completos, pero firmaste igual.
Porque sabes algo básico:
sin reglas, nada funciona.
Hasta que la conversación toca la frontera.
Ahí cambias el discurso.
Ahí la ley se vuelve “opresión”.
Ahí el orden se vuelve “odio”.
Conveniente.
Vamos despacio. Muy despacio.
La consigna dice:
“no hay ilegales”.
No es una frase legal.
Es una frase emocional.
Diseñada para cerrar la conversación, no para entenderla.
Porque nadie serio está diciendo que una persona sea ilegal.
Eso lo sabes.
Pero finges no saberlo.
Lo ilegal es la acción.
El cruce sin autorización.
La permanencia violando condiciones.
El trabajo sin permiso.
El uso de documentos falsos.
Acciones.
Decisiones.
Elecciones.
Y aquí es donde empieza la incomodidad que no quieres enfrentar.
Porque tú no estás defendiendo al migrante que quiere integrarse.
Tú estás defendiendo al que no quiere aprender.
Al que no quiere adaptarse.
Al que llega y decide que las reglas son opcionales.
Eso no es compasión.
Es irresponsabilidad.
Históricamente, ninguna nación —ninguna— ha sobrevivido sin controlar su territorio.
Imperios.
Repúblicas.
Estados modernos.
Todos. Sin excepción.
No por racismo.
No por maldad.
Por lógica básica:
una comunidad política necesita saber quién entra, bajo qué condiciones y con qué responsabilidades.
Y aquí viene la ironía que nunca explicas.
Exiges leyes laborales.
Exiges salario mínimo.
Exiges regulaciones ambientales.
Exiges permisos, licencias, inspecciones.
Ahí no te molesta el Estado.
Ahí no gritas “nadie es ilegal”.
Ahí no lloras por la dignidad humana del empleador que no cumple.
Ahí sí quieres ley.
Ahí sí quieres castigo.
Ahí sí quieres orden.
Pero cuando alguien cruza una frontera violando normas claras, decides que la ley es negociable.
¿Por qué?
Porque no eres coherente.
Eres selectivo.
Y la selectividad moral no es virtud.
Es hipocresía.
Vamos a decirlo sin rodeos:
defender fronteras no es odiar al migrante.
Es exigir responsabilidad al adulto.
Porque emigrar no te convierte automáticamente en víctima eterna.
Te convierte en alguien que tomó una decisión seria, con consecuencias reales.
Y aquí viene lo que más te molesta.
El país al que llegas no te debe adaptación infinita.
No te debe excepciones permanentes.
No te debe borrar sus reglas para que tú no te incomodes.
Llegar implica aprender.
Respetar.
Cumplir.
Integrarte.
No imponer.
Pero tú prefieres la narrativa cómoda:
el sistema malo,
la ley injusta,
la frontera cruel.
Porque esa narrativa te exime de exigirle algo a quien llega.
Y exigir responsabilidad siempre incomoda.
Frases cortas ahora.
Para que no se pierda el mensaje.
Las leyes no desaparecen porque no te gusten.
El orden no es opcional.
La soberanía no es un insulto.
Y la ignorancia no es un argumento moral.
El verdadero desprecio no es pedir que se cumpla la ley.
El verdadero desprecio es tratar a adultos como si fueran incapaces de entenderla.
La pregunta final no es ideológica.
Es personal.
Si exiges reglas para vivir aquí,
¿por qué te molesta exigirlas para entrar y permanecer?
¿Quieres un país serio?
¿O solo un eslogan bonito para sentirte superior sin hacer el trabajo incómodo de pensar?
Coherencia.
Responsabilidad.
O sigue repitiendo consignas mientras el orden que disfrutas se sostiene solo porque otros sí respetan las reglas.
Sobre el autor:
Asesor y estratega de negocios
www.joshalballero.com

